Aquella noche en Atienza

Mi coche era de color azul eléctrico, precioso, un R-8 TS con carburador de doble cuerpo, que al pisar el acelerador tenía el rugido y la fuerza de un león, pero con un ronroneo muy suave a ralentí. En aquellos años, las carreteras secundarias dejaban mucho que desear y no era raro el día en que se pinchaba una rueda o incluso aparecía un corte en los neumáticos, por no hablar de los amortiguadores. Apenas había estaciones de servicio, pero en ellas podían arreglar cualquier pequeña avería o pinchazo.

Un día cuando recorría una de estas carreteras en tierras de Guadalajara, más concretamente por campos no muy lejanos de Atienza, de repente se paró el motor del R-8 TS, y ni a bien ni a mal quiso arrancar de nuevo. Ya era noche cerrada y hacía un frío terrible. El viento soplaba cortante dando a entender que pronto comenzaría a nevar.

Busqué la linterna, me abrigué todo lo que pude: gruesas botas, jersey, chaquetón, guantes; hasta me cubrí la cabeza con un viejo gorro de lana que apenas había usado y, salí al irregular asfalto con la esperanza de que pasara algún coche para auxiliarme.

Aquella noche en Atienza
Imagen: Víctor García Rojo

Durante unos minutos eternos no pasó nadie ni vi luz por ninguna parte, así que inicié camino hacia Atienza. Caminaba preocupado, pero esperanzado en llegar allí, o a cualquier lugar habitado de las proximidades, para pasar la noche.  Después de un buen rato caminando entre la ventisca y alumbrado a ratos por mi linterna, vislumbré en la lejanía una débil luz y hacia ella aceleré mis cansados pies con un ya mejor ánimo y renovadas energías.

Cerca de un arroyo cuyo ruido a veces superaba al del fuerte viento, se encontraba una casa; cuando me dirigía hacia la puerta,  y a la ya débil luz de mi linterna, pude observar que estaba hecha de piedra y adobes muy descarnados. Sospeché que era muy vieja, pero me daba igual: yo quería un refugio para pasar la noche.  No con muchas esperanzas golpeé fuertemente la pesada aldaba de hierro, y repetí los golpes hasta que escuché una voz:

– ¡Vaaaa! ¡Ya vaaaa…!

Al momento se abrió la parte de arriba del portón, presentándose a mis ojos un hombre mayor, portando un candil en la mano izquierda, que iluminaba su apergaminado rostro en el que se esculpía una amplia y desdentada sonrisa (bidente, pensé, solo tiene dos dientes…)

Emeterio, que así dijo llamarse, mostró interés por mi problema, diciéndome:

Ahora mismo vamos a ver su coche, si podemos lo arrancamos y si no, pues lo traemos remolcado y mañana ya veremos qué se puede hacer.

Me pareció bien y subimos a la cabina de un camioncito EBRO, donde hacía más frío aún que fuera. En unos minutos salimos a la carretera. Anduvimos para arriba y para abajo buscando el sitio donde quedó mi coche, pero por increíble que parezca no fuimos capaces de encontrarlo.

Aquella noche en Atienza
Imagen: Tommy García Rojo


– Mañana, si le parece, volveremos a buscar su auto, que de día las cosas se ven más claras…–sentenció.
– Bueno, está bien, pero…
– Nada, nada, no se preocupe que en casa se puede quedar. Volvamos allí, que la Gertru tendrá preparado algo caliente—
dijo con insistencia.«

Regresamos y efectivamente, en una pequeña mesa, junto a una chisporroteante y cautivadora chimenea, humeaba un apetitoso plato de un guiso tras el cual se me iban los ojos.

Gertru, que con su alto moño gris y su nariz aguileña me recordaba a mi tía Gregoria, debía ser algo más joven que Emeterio, y al pasar, me dijo cariñosamente:

– ¡Hombre de Dios! ¿Cómo se le ocurre circular por estos andurriales en noches como ésta? Su madre o esposa no le debería permitir salir esta noche…
– El trabajo…, ya sabe…
–le contesté, sin dejar de mirar el plato.
– Pero esta noche no es para salir por ahí… Ande coma, coma, que se va a sentir mejor…

Empecé a comer el mejor plato de mi vida (al menos así me supo en ese momento), y entre cucharada y cucharada tomaba sorbos de vino que no paraba de ofrecerme, ora Emeterio ora la Gertru.

Al poco rato me encontraba tan a gusto, con la barriga llena, el vinillo y el calorcito que emanaba de los ardientes troncos, que se me olvidó el problema del coche y entré en un plácido sopor que rápidamente debió transformarse en profundo sueño.

Me despertó un rayo de sol que justamente daba en mis ojos. Tenía tal aturdimiento que no sabía ni dónde me encontraba, apenas podía incorporarme y el frío calaba todos mis huesos. Pronto me di cuenta de que la blanca colcha que me cubría era una ligera capa de nieve caída sobre mi cuerpo y sobre las amarillentas hojas que hicieron de mullido lecho mientras estuve dormido. Y el reflejo del sol me llegaba justo, justo desde el espejo azul eléctrico de mi R-8 TS…

Allí estaba mi coche, resplandeciente, como nuevo. Le eché una mirada mientras me incorporaba incrédulo y aún desorientado. Al acercarme a mi R-8 TS, pasó un camión haciendo sonar su ruidoso claxon que acabó de despertarme. Aunque por más señas que hice con aspavientos de brazos y fuertes voces, me ignoró por completo.

Abrí la puerta y se me ocurrió dar al encendido. Por arte de magia, el motor se puso en marcha como si nada hubiese pasado. Le tuve unos minutos en marcha, a la vez recobraba el calorcillo con la calefacción. Poco a poco fui alejándome sobre la capa de nieve en dirección a Atienza. 

Al llegar a la fonda apenas había gente, por lo que entre tostada y tostada hablé con Pedro, el fondero. Lógicamente le pregunté por Emeterio.

– Anoche estuve con Emeterio y su mujer, la Gertru…–empecé diciendo.
– No diga tonterías, que el Emeterio era pariente mío y murió hará ya más de veinte años; y su mujer la Gertru, fue al asilo hasta que… también falleció diez años atrás.
– Pues anoche los vi en su casa junto al arroyo, y hasta cené un guiso de patatas con conejo, que estaba de rechupete…
–continué insistiendo.
– Una cosa le diré: que sí, que vivieron en la casa que dice Vd. y que la Gertru guisaba el conejo como nadie. Pero debe entender Vd. que anoche fue noche de ánimas…, y cualquiera sabe…


Cada vez que paso por Atienza me acuerdo de aquella noche del 31 de octubre de mil novecientos setenta y pocos. ¿Continuarán Emeterio y la Gertru ayudando a viajeros en esas malas noches? Escribí este relato real, para la noche de Halloween de 2018.

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