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Cuando oímos hablar de empatía entendemos que es la capacidad que tenemos de compartir determinados sentimientos con otros seres humanos y aquí nos quedamos, no nos paramos a pensar en el origen de tan asombroso mecanismo y, aunque es una obviedad, conviene no perder de vista que cualquier efecto psicológico que observemos está sustentado necesariamente por un mecanismo biológico subyacente. La empatía se sustenta en unas bases biológicas muy antiguas que son las que dan soporte a eso que conocemos como compasión, moral, justicia, … pero dejemos la relación de la empatía con estos conceptos para otro momento y centrémonos en la cuestión fundamental, su mecanismo de funcionamiento.

Empatía y neuronas espejo

Neuronas espejo

La empatía es más antigua que el hombre, más antigua que los primates, se remonta a los orígenes del linaje mamífero[1] y está íntimamente relacionada con las “Neuronas Espejo” que se encuentran en zonas localizadas y conocidas del cerebro. Veamos como lo explica Giacomo Rizzolatti su descubridor:

“Advertimos entonces algo extraño: cuando uno de nosotros asía un trozo de alimento, las neuronas del mono se activaban según la pauta en que se excitaban cuando el trozo lo agarraba el propio simio. … terminamos por comprender que el patrón de actividad neuronal asociado a la acción observada constituía una representación cerebral genuina del acto en sí, con independencia de quién lo realizara.”[2]

El equipo de Rizzolatti publicó un resumen de su descubrimiento en 1992 y un articulo más extenso en 1996. A partir de este momento se sucedieron multitud de investigaciones, múltiples experimentos fueron corroborando la existencia de las neuronas espejo, el modo en que funciona y su importancia en múltiples aspectos de nuestra vida, desde el desarrollo cerebral infantil hasta trastornos como el autismo, así lo explica Ramachandran, uno de los más reputados neurobiólogos contemporáneos:

“La propensión a imitar debe ser, al menos en parte, innata. Según demostró Andrew Meltzoff, de la Universidad de Washington, si se saca la lengua a un bebé recién nacido, la criatura repite el gesto. Y es imposible que lo haya aprendido a través de realimentación visual y corrección de errores, pues el bebé no puede verse la lengua. El cerebro del niño debe contar, pues, con un mecanismo de conexiones prefijadas que elabore un mapa de los gestos de la madre, ya sea sacar la lengua o sonreír, en las neuronas de control motor.”[3]

La teoría dominante supone que la visualización de un rostro, por ejemplo, permite realizar una copia de él activando los mismos músculos que vemos activados, aunque de modo mucho más sutil, entendiendo de este modo qué es lo que está sintiendo la persona a la que observamos. Si esto es así, podríamos diseñar un experimento en el que el observador no pudiera activar sus músculos faciales y descubriríamos que tiene problemas para comprender el estado de animo de las personas que observa y que están (por ejemplo) leyendo textos o viendo fotos con alto contenido emocional.

Bien, esto fue lo que hizo Jenny Baumeister[4] , empleó toxina botulínica (el célebre Botox empleado en cirujía estética) para paralizar temporalmente la activación de los músculos faciales de los sujetos del estudio y sus conclusiones fueron las esperadas: si la expresión era una sonrisa amplia y manifiesta todos eran capaces de reconocerla, pero con estímulos ambiguos, más difíciles de captar – el efecto de la parálisis fue clara y notoriamente incapacitante.

Dejemos que describa el proceso el célebre neurobiólogo y divulgador Antonio Damasio:

“… el cerebro puede simular internamente determinados estados corporales emocionales, tal como ocurre en el proceso de transformar la emoción simpatía en un sentimiento de empatía … El mecanismo que se presume que produce este tipo de sentimiento es una variedad que yo he llamado mecanismo de «bucle corporal ‘como si’». Implica una simulación cerebral interna que consiste en una rápida modificación de los mapas corporales actuales. Ello se consigue cuando determinadas regiones cerebrales, como las cortezas prefrontales/premotoras, señalan directamente las regiones cerebrales que siente el cuerpo. La existencia y localización de tipos comparables de neuronas pueden representar, en el cerebro de un individuo, los movimientos que este mismo cerebro ve en otros individuos, y producir señales hacia estructuras sensoriomotrices de manera que los movimientos correspondientes resulten «previstos», como si de una simulación se tratara, o realmente ejecutados.” [5]

Y, para terminar, a pesar de que no he querido entrar en la relación entre la empatía y la compasión sí que quiero dejar un apunte al respecto de Frans de Waal y que resulta muy pertinente para aclarar la confusión habitual entre los dos términos:

La compasión difiere de la empatía en que es proactiva.
La empatía es el proceso por el que recabamos información acerca de otro individuo.
La compasión, en cambio, refleja una preocupación por el otro y un deseo de mejorar su situación.”[6]


1.- “… la empatía forma parte de un legado tan antiguo como el linaje mamífero. La empatía involucra áreas cerebrales que tienen más de cien millones de años de antigüedad. Es una capacidad que surgió hace mucho con el mimetismo motriz y el contagio emocional, a lo que la evolución fue añadiendo una capa tras otra, hasta que nuestros ancestros no sólo sintieron lo que otros sentían, sino que comprendieron lo que otros podían querer o necesitar. En su forma completa, parece una muñeca rusa. En el núcleo tenemos un proceso automático compartido por multitud de especies, rodeado de capas externas que modulan su alcance y sus objetivos. No todas las especies poseen todas la capas: sólo unas pocas adoptan la perspectiva ajena, algo en lo que somos unos maestros. Pero incluso las capas más externas y sofisticadas de la muñeca permanecen por lo general firmemente ligadas a su núcleo primario.” [Frans de Waal “La edad de la empatía” pg. 266]

2.- Giacomo Rizzolatti, Leonardo Fogassi y Vittorio Gallese “Neuronas Espejo” en “Investigación y Ciencia Enero 2017” https://www.investigacionyciencia.es/revistas/investigacion-y-ciencia/neuronas-espejo-y-autismo-433/neuronas-espejo-6039

3.- Vilayanur S. Ramachandran y Lindsay M. Oberman “Espejos rotos: Una teoría del autismo” en “Investigación y Ciencia Enero 2017” https://www.investigacionyciencia.es/revistas/investigacion-y-ciencia/neuronas-espejo-y-autismo-433/espejos-rotos-una-teora-del-autismo-6040

4.- Jenny Baumeister, directora de investigación científica de la SISSA (International School for Advanced Studies) y directora del estudio coordinado por Francesco Foroni.

5.- Antonio Damasio “En busca de Spinoza” pg. 132

6.- Frans de Waal “La edad de la empatía” pg. 121

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